El barco salía a las cuatro del puerto de Tabatinga, en la ciudad de las tres fronteras, donde de hecho se encuentran Colombia, Perú y Brasil y en el mismo día puedes pasar de un país al otro caminando y sin enseñar el pasaporte.
Nosotros llegamos temprano por la mañana, nos habían dicho que como nos acercamos a la navidad habría mucha gente. A las doce de hecho ya había una cola de más de cien personas.
El barco tenía tres plantas. En las primeras dos dormirían los pasajeros y en el último había un bar y un poco de sitio donde tomar el aire.
Una vez subida, la gente empezó a correr para ganarse un lugar donde colgar la hamaca, y nosotros con ellos imitándolos: los más deseados eran los del segundo piso, más lejanos del ruido constante del motor y más lejanos del agua del rio que a veces amenazaba con entrar por todos los lados. Estando entre los primeros en la cola conseguimos colgar la hamaca en el segundo piso. Al principio cada uno tenía como dos metros cuadrados para dormir y dejar su equipaje, pero, conforme subía la gente, el espacio se iba reduciendo hasta que Sara tuvo que colgar su hamaca encima de la mía, estilo litera, con ella a pocos centímetros del techo y yo rozando el suelo. Dormía con ella encima de mí, una mamá con su bebé pegada a mi derecha y otro unos centímetros más distante a mi izquierda. De todas formas las tres noches al final no fueron tan malas y conseguí dormir mis 4 o 5 horas, aunque despertándome cada rato porque alguien me golpeaba con los pies o porque el barco había encallado en una de las tantas islitas flotantes del Río Amazonas.
Por lo de más el viaje que duro tres noches y cuatro días no se hizo tan pesado. El barco seguía su descenso continuo por el Río Amazonas, parándose de vez en cuando en alguna comunidad a la orilla del rio para bajar y subir pasajeros.
Después de dos días de navegación te olvidas de que estás en un río y tienes la alucinación del mar. Un mar infinito que ofrece a sus lados un paisaje siempre igual, siempre verde, solo a veces roto por algunas casas perdidas en la selva.
Al principio del viaje la gente no se conoce, nadie habla con nadie y hay un clima un poco tenso y difidente. Al final todos son amigos, ríen y beben juntos, se cuentan las historias de sus vidas y bailan la música ensordecezora del bar. Música Foho por cierto, típica de la selva, una mezcla entre el ragga, el reggaeton y la música folklórica. Música que no se ha parado ni un momento y que al principio podía parecerte hasta agradable y con rítmo pero con el pasar del tiempo empezabas a odiarla y a soñar con un poco de tranquilidad...un poco de jazz o de bossa-nova por dios!!!!
La comida no estaba tan mal. A las 10y30 empezaba el almuerzo y de 4 a 6 era la cena. Había una gran mesa donde servían bandeja llenas de comida y la gente después de la cola se sentaba para comer. El único problema fue que durante cuatro días hubo para comer y para cenar, pollo, arroz y frijoles.
La situación en los baños era un poco más desagradable. Seis baños para más o menos 200 pasajeros, donde en el mismo habitáculo de un metro cuadrado había una ducha y un wáter. Yo intenté limitar mis visitas al baño al mínimo indispensable y no me duché ninguna vez durante los 4 días de viaje. Los otros pasajeros sin embargo (todos a parte los extranjeros, que éramos 6 en el barco) se duchaban una o dos veces al día (de las duchas obviamente salía agua del rio) y, las chicas especialmente, se cambiaban de ropa muchas veces durante el día, para lucir el vestidito nuevo en el bar o en el baile.
Ahora estamos en Manaus, la capital de la Amazonia. Es una ciudad rara, solo por el hecho de ser una ciudad de casi 2 millones de habitantes y estar en medio de la selva es raro, muy caótica, desordenada y llena de contrastes. En los años treinta, en la época del descubrimiento del caucho en selva Amazonas, tuvo un enorme crecimiento. Por algunos años llovieron millones de dólares, se construyeron teatros grandes como los de París y Milán y los exportadores enviaban a lavar la ropa sucia a las mejores lavanderías de Europa. Terminado el caucho y terminado el delirio de la riqueza, en la ciudad se quedó solo el caos, la lluvia (no ha parado de llover un minuto desde que estoy aquí) y la gente que había llegado en busca de un trabajo.
Nos quedaremos algunos días aquí para conocer un poco la ciudad y luego nos esperan otros 5 días de navegación rio abajo en el interminable Río Amazonas para llegar por fin a la desembocadura y a la costa norte de Brasil.
Ah, una cosa. En el barco conocí a Reinhard. Reinhard es de Hamburgo, tiene 69 años y lleva 7 años viajando por el mundo. Viajó por las Américas, por Australia, por Asia y un poco por África. Era biólogo y cuando llegó a la jubilación decidió dejar Alemania y conocer el mundo. Vuelve sólo un par de semanas al año a casa, para ver a sus cinco nietos pequeños y para contarles algunas historias de sus viajes. En el barco estuvo todo el tiempo dibujando y escribiendo en sus diarios. Cuando le pregunté qué hacía con ellos, me dijo que nada, que no obstante la cantidad infinita que ya tenía, sólo los escribía para fijar mejor en su vieja memoria las cosas que vivía y que veía, pero que no le gustaba nada leerlos. Le pregunté si se los regalaría a sus nietos pero me dijo que "...no, el mundo no vale conocerlo con las historias de los otros, el mundo lo deben de conocer con sus ojos...".
Al final de los cuatro días por curiosidad le pregunté porque hace 7 años decidió dejar su vida en Alemania y partir. Me contestó que su vida en Alemania ya era como una línea recta, siempre casa, coche, televisión y poco más. Viajando sin embargo había un montón de altibajos, podía tener hambre, frío, calor, miedo, estupor...y que a los 70 años podía todavía emocionarse.























































